Adaptarse cuando no hay de otra, es ceder (1)

Me pregunto si estar bien adaptado a un mundo enfermo, te enferma. Siempre me la vivo acoplado a las circunstancias que la cotidianeidad me presenta, desde irme caminando porque no completé el bus, hasta faltar a clases porque los narcos bloquearon la carretera. Una tiene un carácter de austeridad mientras que la otra, pertenece a la gran lista de asuntos en los que me he tenido que adaptar, simplemente porque “no hay de otra”. Mi presente se ha llenado de un chingo de precauciones OBLIGADAS que, al no acatar, es muy probable (de por sí ya es probable como viviente fresnillense, zacatecano, mexicano) que me pase algo. Al revisar todas estas precauciones noto que las circunstancias me han creado una especie de sub vida, en donde como mínimo pido que hoy no me maten ni me secuestren. La vida acá se ha convertido en una espera a que te toque algo y una vez que te toque, rezar para que no te vuelva a tocar. ¡Nos convertimos en cómplices de la violencia solamente por el hecho de residir en su territorio y aparte lo estamos pagando con nuestra sensibilidad! Yo mismo he deseado la muerte solo con la condición de que “no me despierten los balazos porque mañana trabajo” o he pensado en que seguro ya mataron a ese compita que tenía en primaria solamente porque ya tengo rato sin verlo. Cuando alguien desaparece surge este juicio de “pues seguro andaba en algo” y ya con eso, su desaparición nos incomoda menos, porque “seguramente” la merecía. Me adapté, pero al hacerlo, me enfermé. perdí mi sensibilidad y gané mucho egoísmo: ¡ufff que balearon al del puesto de hamburguesas después de que nos fuimos eh! Estoy en un juego constante de “la bala caliente” en donde ya ni siquiera me importa si le toca a alguien más, mientras no me toque a mí, todo chido.

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